Los minutos pasaron y su espacio dentro de la sombra se fue haciendo cada vez más pequeño; la luz ganaba terreno por momentos. Lucy se había acurrucado en la esquina de al lado, el lugar donde más sombra quedaba. Tenía la cabeza oculta entre las piernas y los brazos cruzados encima. Aquella imagen le dio a Jake una última, aunque descorazonadora, idea:
—Toma, tápate con esto —le dijo mientras le devolvía la chaqueta.
—¡Pero la luz…! ¡Ahora entra también por la otra esquina!
—Lucy…, escúchame —comenzó a decir mientras la ocultaba con el abrigo todo lo que podía—: si te quedas debajo, la luz no te afectará y podrás aguantar hasta que venga alguien. De todos modos, acabaremos quedándonos sin sombra en la que resguardarnos.
—P-P-Pero ¿y tú? ¡No tienes nada con lo que taparte!
Jake le acarició la cara en cuanto vio cómo se preocupaba por él; sin embargo, no dijo nada. Simplemente se agazapó a su lado y la abrazó; no quería pararse ni un solo instante a pensar lo que estaba haciendo, sabía que si lo hacía, tal vez se arrepintiera.
Durante el resto de los minutos ambos estuvieron callados. Tan solo algunos sollozos entrecortados de ella borraron, durante un segundo, el susurrante viento que soplaba y entraba por el mismo lugar por el que se aproximaba su anaranjada y luminosa muerte. Él miraba con temor la línea que delimitaba el espacio en el que podían estar. Cada vez era más pequeña y no solo estaba empezando a dejarlos más arrinconados, sino que, además, él ya estaba empezando a sentir dolor. Era como si estuviera dentro de una sartén. El cuerpo se le estaba enrojeciendo y notaba cómo sus diminutos poros explotaban en insoportables escozores y picores. Finalmente, y sin poder evitarlo, Jake pegó un respingo en cuanto sintió el calor directo de la luz del amanecer en su pierna. Ya estaba ahí. Para él fue como si un monstruo, del cual había estado huyendo durante toda su vida, lo hubiera alcanzado por fin y lo estuviera arrastrando de un pie para engullirlo.
Un movimiento involuntario hizo que se estremeciera completamente y que Lucy se percatase de todo lo que estaba pasando. Si él tuviera que describirlo de nuevo, no sería capaz de contar lo que sucedió después. Sólo supo que ella se levantó de repente, que él quedó bajo la perfumada chaqueta y que Lucy, abrazándolo con fuerza, gritó que él era más importante para ella que su propia vida:
—¡Tú eres más sensible al Sol que yo! Aún tengo una oportunidad —escuchó sorprendido—. A-Además..., s-si te pasara algo, nunca me lo perdonaría. —Después ella besó su cabeza a través de la tela—. Te quiero —terminó por susurrarle.
Él iba a levantarse, de verdad que iba a hacerlo. Pero las palabras de Lucy, o tal vez el propio miedo a lo que pudiera pasarle, le impidieron moverse. Dejó que una lágrima escapara de sus ojos y luego se acercó a Lucy con fuerza. Su cuerpo tembló y, tras abrir la boca varias veces para decir algo, desistió, dejando que ella cargara con las consecuencias, consciente de que él era un cobarde.
Este fragmento que hoy hemos compartido con vosotros pertenece a la novela
Sueños en la oscuridad, del joven autor Sergio Plaza Vallejo. Una novela de
corte juvenil, con suspense y dosis vampíricas...
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